Reflexiones sobre Feminismo, Fe e Instituciones

 In Sexualidad Humana, Teología y Cultura, Violencia de Género

Estamos terminando un mes muy significativo en el que conmemoramos el Día Internacional de la Mujer. Durante estos días he recibido diversas invitaciones a compartir de mi corta experiencia en el caminar de la fe como mujer cristiana y feminista. Parece que aún hay muchas dificultades para denominarse con estos dos adjetivos calificativos “cristiana” y “feminista”. Y quisiera reflexionar en por qué nos cuesta tanto trabajo y en cómo los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor pueden servir para tener una mayor apertura, o para afianzar posturas de condenación a quienes decidimos seguir por esta vía al experimentar nuestra fe.

Este mes se caracteriza por las diferentes marchas y manifestaciones, pacíficas y no pacíficas, por parte de millones de mujeres alrededor del mundo, para condenar los actos de violencia en contra de las mismas, la falta de justicia en la conducción de los procesos legales, la alta indiferencia social, y el hecho de que para muchos sea más importante hablar del “daño” a los símbolos, edificios y monumentos que representan nuestra historia, que el índice de feminicidios y su incremento durante la pandemia.

Al mismo tiempo, se percibe un cada vez más alto descontento de parte de las mujeres, y una tendencia mayor a proferir actos violentos (contra objetos, no personas), para hacerse ver, atraer la atención y ser escuchadas. ¿Y qué se podría esperar después de tantos años de represión, invisibilización, impunidad y violencia? Pero para muchos esto no está bien, esto demuestra que “el feminismo” es radical y nocivo, que fomenta la violencia y que no tiene interés en el diálogo, por supuesto depende de quién dé la opinión.

En algunas iglesias, son cada vez más las mujeres (de todas las edades), las que cuestionan el porqué de la disparidad, por qué se han aceptado y silenciado tantos actos de violencia al interior de las instituciones, la falta de procesos, canales y apoyo para someter denuncias ante las violencias que se sufren, y ante tanta desconfianza, el ambiente se torna cada vez más denso, como si una espesa niebla estuviera delante de nosotros.

Sin ahondar mucho, hay otros temas importantes, y se cuestiona demasiado la visión, postura y actuar de la iglesia ante: el aborto, las relaciones homosexuales y las definiciones de género. Temas que han venido a sumar a la ya existente polarización, y que en algunos casos están generando incluso la ruptura de algunas denominaciones.

El ambiente genera reacciones, y algunas de ellas tienen que ver con prevenir la recurrencia de actos de violencia a través de diversas trincheras. Desde participar en conferencias, diálogos, campañas en redes sociales, grupos de estudio bíblico desde perspectivas feministas, grupos de denuncia en contra de hombres que violentan mujeres en el ámbito eclesiástico, hasta la creación de grupos de capellanía a víctimas.

Para alguien que observa desde afuera, todo esto resulta muy interesante, la organización y movilización de las mujeres que trabajan en equipo es espectacular, y aunque a muchos no les guste, está generando una revolución que solo la historia podrá medir su impacto.

Ante el descontento y las manifestaciones públicas, los conservadurismos también se hacen notar y en el ámbito religioso, pareciera que van ganando terreno. Se sigue reprimiendo, silenciando y expulsando a quienes piensan diferente o a quienes abiertamente se autodenominan feministas.

Durante este mes tuve la oportunidad de participar en diferentes foros con mujeres teólogas y pastoras feministas que compartieron sus experiencias de dolor con diversas denominaciones cristianas, y fue impresionante comprobar que estas no son experiencias aisladas, hay una clara tendencia que busca apagar las reflexiones y acciones que vienen de mujeres que se cuestionan el status quo y que están hambrientas por un cambio.

Por su parte, las instituciones continúan con su agenda de “cerrar filas” con la intención de no dejarse “contaminar” y de continuar por el camino de la “sana doctrina”. Me hace pensar en el papel que jugaron los fariseos y maestros de la ley en los tiempos de Jesús. Esos grupos llegaron al punto de desacreditar vehementemente las enseñanzas y acciones de Jesús, por temor a contaminarse y alejarse de sus creencias y principios, sin darse cuenta de que en el proceso perdieron el sentido de su propósito original.

Hay mucho que reflexionar, pero por ahora quiero concentrarme en lo que creo que puede ser el futuro para nuestras comunidades de fe. Ya he explicado en otros artículos lo que Justo L. González menciona fueron las grandes amenzas para el cristianismo en el siglo II: el sincretismo y el sectarismo(1); cómo estos van de la mano, y que ante más posibilidades se perciban de que terminemos diluyendo nuestra fe (como sucede con el sincretimo), más rápidos son los pasos hacia convertirnos en una secta -un grupo cerrado que presume ostentar la verdad absoluta, la única forma correcta de acercarse a Dios, interpretar el texto bíblico y vivir la fe-.

Los escenarios sobre el futuro de la misión de Dios y la iglesia son muy inciertos, puesto que requieren de una profunda revisión de nuestro quehacer ético-teológico y un ajuste para que la iglesia continue con su propósito de vida. Lamentablemente son pocas las instituciones/denominaciones que están dispuestas a emprender tan titánica labor, por lo que la mayoría de las iglesias históricas están sufriendo un fuerte decrecimiento. Y las incógnitas permanecen: ¿seremos capaces de enfrentar los retos de este tiempo? ¿Seremos capaces de perder el miedo y ponernos del lado de la justicia?

Regresando al tema de la mujer. Aunque las medidas de silencio y represión se hacen cada vez más normales dentro de las instituciones, permanece la esperanza. Cada vez que veo que otras mujeres se integran a un grupo y dejan de caminar solas, la esperanza crece. Cuando ante una injusticia, se gesta la sororidad y el acompañamiento, la esperanza crece. Aunque sabemos que no existe un feminismo, sino los feminismos, y que en ese caminar existen diversidad de pensamientos, posturas y propuestas de acción, no he probado algo más valioso, restaurador y poderoso que el saberme acompañada en el camino, amada y respetada por otras mujeres, algunas con historias similares, y algunas no.

Hoy dedico este espacio a todas las mujeres que dentro de las religiones seguimos en pie de lucha, intentando encontrar nuestro lugar, deconstruyendo enseñanzas arraigadas de miedo y culpa, caminando con el corazón herido, pero con la intención de no separarnos de Dios.

Se dice que el futuro es feminista, y al ser las mujeres la mayor cantidad de fieles en nuestras iglesias, oro porque rompamos el molde patriarcal que nos divide, que nos hace vernos con recelo, y que reine el amor, la empatía y la tolerancia entre nosotras. Es ahí en donde la justicia y la paz florecen, y son esas las cualidades que queremos para nuestras iglesias.

Bibliografía:

[1] Justo L. González. “Mapas para la historia futura de la iglesia”. Buenos Aires: 2001. Editorial Kairos. Pág. 92

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