Participación política de los cristianos, la conciencia profética y nuestras democracias

En América el Sur estamos viviendo momentos importantes y revelatorios de la cultura política en nuestras tierras. Revueltas y protestas en Ecuador y Chile y elecciones recientes en Bolivia, Argentina y Uruguay.

Mas allá de las consideraciones que podemos hacer en cada país y su contexto particular, quisiera compartir las ideas vertidas en un reciente artículo del teólogo y pastor Raúl Sosa de la Iglesia Metodista de Uruguay, titulado Fe cristiana y política ayer y hoy. 24 octubre, 2019 (invito a leerlo).

Él afirma que han existido al menos tres modelos o formatos de relación entre el cristianismo y la política en todas sus dimensiones. Comienza dando por hecho que: “Toda religión, y de manera particular el cristianismo, es al mismo tiempo un hecho espiritual y también un hecho cultural, por lo tanto, necesariamente interactúa, de una u otra manera, con la sociedad en sus diferentes dimensiones. Esto significa que la relación entre cristianismo y política es inevitable e indiscutible. Lo que sí se puede y se debe discutir es qué tipo de relación adoptan –de manera consciente o no– las cristianas y cristianos, y las iglesias como configuraciones institucionales de la fe y cuál es el que más se corresponde con la visión y propuesta de Jesús.”

Los tres modelos son:

– Formato sacralizador-restaurador. El autor advierte que este formato está creciendo en los últimos años. Cito ampliamente por su capacidad de síntesis y claridad: “Ese orden establecido acaba siendo, entonces, el resultado de una alianza entre los sectores que detentan el poder político, económico y militar con aquellos que forman parte de la institucionalidad cristiana, especialmente con los que la conducen y modelan su comprensión de la realidad. En última instancia, la relación entre cristianismo y política se convierte así en una alianza de poder en la que el cristianismo sacraliza el orden imperante apuntalándolo y restaurándolo cuando este orden se resquebraja o se siente amenazado, mientras que el poder, por su parte, le confiere al cristianismo una posición de privilegio que presuntamente beneficiará el cumplimiento de la misión de difundir el evangelio e instaurar el Reino de Dios. Este formato sacralizador-restaurador ya aparece de manera incipiente entre los discípulos de Jesús, particularmente en los hijos de Zebedeo cuando, en virtud de la asociación de Reino de Dios y poder, le piden a Jesús ser parte del poder sentándose uno a su derecha y el otro a su izquierda (Marcos 10:35-45). Pero sus puntos más altos en la historia los encontramos a partir del momento en que el cristianismo fue oficializado como religión del imperio romano y en el régimen de Cristiandad, donde la cruz y la espada se convirtieron en las herramientas de la conquista territorial, ideológica y civilizatoria. Hoy el formato sacralizador-restaurador ha adquirido renovados bríos en la alianza de los sectores conservadores del poder político, económico, y militar con el fundamentalismo cristiano que se ha volcado a la política con una agenda moralizadora en defensa de los valores de la identidad y tradición nacionales, de la familia nuclear heteropatriarcal y de la propiedad privada como el derecho al que se subordinan todos los demás derechos. El ejemplo más cercano de este tipo de relación entre cristianismo y política se ve en el Brasil de Bolsonaro (esa suerte de lema acuñado por el bolsonarismo: “buey (poder económico), biblia (iglesias y bancada evangélica) y bala (fuerzas de seguridad y militarismo)” acredita la fuerte presencia del formato sacralizador-restaurador hoy en Brasil.) pero, sin duda, hay otros igualmente notorios y retrógrados, aunque más lejanos en la geografía.”

– Formato de abstención y aislamiento. El autor afirma que :“Este formato nace como una reacción contestataria al anterior y está encarnado a lo largo de la historia por sectores y grupos del cristianismo que percibieron cómo en la alianza con el poder el hambre y la sed de justicia indefectiblemente se vuelven hambre y sed de poder, corrompiendo la fe y a la iglesia. En medio de esa especie de “mundanización” de la iglesia esos grupos optaron por abstenerse del accionar político y por el aislamiento como forma de preservar la pureza de la fe. A veces esta abstención y aislamiento implicó un abierto rechazo a la política, otras veces simplemente fue considerado un mecanismo de defensa o una forma de presencia testimonial donde el plano comunitario se presenta como el ámbito específico de la fe, volviendo irrelevante y carente de eficacia el accionar sociopolítico.”

En la historia este modelo lo encontramos en los esenios (contemporáneos de Jesús), luego los monasterios y más acá en el tiempo: “a las comunidades de vida, así como las iglesias, especialmente de corte evangélico, que plantearon una absoluta separación entre “las cosas de Dios” y las “del mundo” también le dieron continuidad al formato de abstención y aislamiento.”

El autor advierte que: “El problema con este formato es que si bien se presenta cuestionador de la iglesia en su alianza con el poder, al ignorar la relación ineludible entre fe y política, acaba siendo funcional al orden establecido; por otra parte, como consecuencia del aislamiento, fácilmente se convierten en grupos cerrados, y el encierro siempre es una atmósfera propicia para el espíritu y la mentalidad conservadores”.

– Formato profético. Según Sosa este sería el formato opuesto al primero (sacralizador) y se distancia del anterior. Cito ampliamente:

“Este tercer formato está en las antípodas del primero porque, en lugar de asumir la perspectiva del poder, su visión se construye desde las víctimas, es decir, desde las personas y grupos oprimidos, excluidos y condenados a cargar las dolorosas cruces sembradas por el orden imperante. Precisamente porque se ubica allí donde la injusticia y el dolor claman, el formato profético posee una esencia cuestionadora que fomenta una conciencia crítica que, al mismo tiempo que pone al descubierto las injusticias e iniquidades de la realidad presente, también hace visible la utilización cómplice de la religión y su falseamiento como instrumento legitimador, en lugar de ser fuerza de redención, dignificación, humanización y transformación que es lo que el
cristianismo invariablemente está llamado a ser.

Por otra parte, el formato profético toma distancia de la abstención y el aislamiento de cara a lo político porque lo profético, en el sentido bíblico al que aquí nos referimos, no devalúa la construcción humana de la historia como si esta fuera permanentemente ajena y opuesta al quehacer y al proyecto salvífico de Dios. Por el contrario, constata que Dios se revela y actúa en la historia alentando a los seres humanos a descubrir los signos del Reino y los desafíos que esos signos estimulan. Y, por supuesto, el ámbito de lo político jamás puede permanecer al margen de dichos signos y desafíos. Desde la perspectiva profética, las cristianas y cristianos tienen una responsabilidad política: la responsabilidad de ejercer una conciencia crítica que sea capaz de detectar los verdaderos problemas que golpean a la sociedad, sin dejarse llevar temerosa e incautamente por las agendas políticas que engañosamente se postulan como la mejor solución para todos cuando, en realidad, representan los intereses de unos pocos privilegiados y beneficiarios del poder. Una vez puestos de relieve los problemas a los que la sociedad realmente debe enfrentarse, tanto los urgentes como los de mediano plazo, las cristianas y cristianos están llamados a sumar esfuerzos con otros y con otras en la construcción de una sociedad más justa, solidaria, inclusiva y fraterna, confiados en que si buscamos el Reino de Dios, Dios mismo añadirá la inspiración, la dirección, la esperanza, la paciencia y la fortaleza que, desde lo puramente humano, resultan imposibles.”

Luego Sosa propone algunos criterios bíblicos que modelan una conciencia profética consistente con el evangelio del Reino, que hace posible descubrir por dónde pasa la bendición.

– Los últimos deben ser los primeros (Mateo 19:30 y 20:16).
– La abundancia debe ser para todos y el único camino para alcanzarla es el compartir (Juan 6:1-13).
– Para llegar a la libertad, así como a la paz y la justicia, hay que pasar ineludiblemente por la verdad (Juan 8:31y32).

– El amor echa afuera al miedo (1Juan 4:18).

– Dios es por todos y en todos (Efesios 4:6).

Al concluir estos criterios realiza esta afirmación: “ Si es así, y estamos convencidos de que es así, nadie debe quedar afuera: ninguna persona, sector social o identidad de género deben ser negados y excluidos. La concreción social de esa bendición para todos y todas es la afirmación de los derechos de todas y todos. A mi entender, el gran desafío que hoy se nos plantea social y políticamente es no quedarnos en el reconocimiento de leyes que garantizan derechos, que de por sí ya son algo muy positivo, sino avanzar hacia una cultura de derechos. Si esto no acontece, es de presumir que nos seguirá golpeando la tragedia de los feminicidios, de la violencia contra las mujeres y contra niñas y niños, de los abusos y acosos, del prejuicio y del rechazo a los diferentes.”

Estamos de acuerdo con Sosa que el modelo profético y una conciencia profética es imprescindible en las iglesias cristianas en América, no solo por los desafíos de nuestras democracias formales y frágiles sino porque es el que más refleja la vida y el ministerio de Jesús, como máxima revelación de Dios en la historia. Afirma:

“Porque Jesús encarnó la perspectiva profética, inició su ministerio proclamando aquellas palabras de Isaías que conectan la visión y el compromiso de la fe con un accionar de innegable contenido político:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a predicar el año agradable del Señor». (Lucas 4:16-19)

Dado que nuestra fidelidad también se juega en las consideraciones y decisiones políticas que adoptemos, no puede haber lugar a confusión: ni acólitos del poder ni prescindentes de la esfera sociopolítica, sino una firme conciencia profética que se ve concretada en la revulsiva, inconformista e insaciable hambre y sed de justicia.”

Como decíamos en un artículo anterior, la lectura teológica de esta realidad nos muestra a las claras la relevancia de la iglesia como comunidad encarnada y testimonio del Espíritu Santo que es fuerza de comunión, denuncia de la mentira y de las apariencias de verdad y acción por una manera de convivir y de redistribuir los bienes materiales y simbólicos.  

Ese es el desafío, lo que está en juego es la construcción de una nueva democracia, no funcional al capitalismo financiero de libre mercado (fomentado por sus medios de comunicación aliados).  Una nueva democracia que necesita consolidarse con la incorporación y participación de todos, de las minorías y de las mayorías. Poniendo en primer lugar a los que han sido postergados, debemos “pasar de la democracia a la laocracia”. Del pueblo libre, culto y urbano de la tradición griega al pueblo-multitud de las afueras, de los esclavos, los necesitados que avanzan socialmente en el reclamo por sus necesidades hasta apoderarse de herramientas políticas que les permitan disputar la distribución de las riquezas.   

Es por esto que la democracia global- planetaria pero laocrática, es un desafío gigantesco en el mundo, pero no imposible. Esta es la condición para que todos sobrevivamos comunitariamente. O repartimos democráticamente-laocráticamente- los bienes de la tierra y elaboramos estrategias creativas de convivencia pacífica entre las sociedades y con la naturaleza, o entonces enfrentaremos violencias y víctimas como jamás se ha visto en la historia humana. El peligro es global, por ello la “salvación” debe ser también global. Como gusta decir a Leonardo Boff, no habrá un arca de Noé que salve algunos y deje perecer a otros. O todos nos salvamos, o todos corremos el riesgo de perdernos.[1]

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[1] Ver L. Boff. El cuidado esencial, Etica de lo humano, compasión por la tierra. (Madrid: Trotta,  2002), p.156.

 

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