Día de todos los santos… y pecadores
En México, como en otros países de Latinoamérica, ayer se celebró el Día de Muertos, una tradición con raíces tanto cristianas como prehispánicas. Desde la perspectiva cristiana, esta celebración surge como conmemoración de los mártires[1] —asesinados por su fe— que, con el paso de los siglos, evolucionó hasta convertirse en lo que hoy conocemos como la Víspera del Día de Todos los Santos (All Hallows’ Eve), origen del término Halloween.
Hoy esta fecha se presta para evocar la memoria y el legado de aquellos —santos y no tan santos— que ya no están: los que se han ido, y unos cuantos sin avisar, sin decir adiós. También es un día para recordar nuestra finitud —¿por qué no?—, es decir, para tener presente nuestra mortalidad como parte natural del ciclo de la vida. Se ha dicho bien: nacemos para morir. Y vale la pena repetirlo, a la luz de una superstición bastante común respecto a la muerte: como si hablar menos de ella pudiera retrasar, o incluso impedir, su llegada.
EPICURO Y PABLO: DOS MIRADAS DE LA MUERTE
Ya Epicuro (341–270 a.C.) nos invitaba a no temerle. Desde su búsqueda de la ataraxia —esa paz del alma que no se altera por el dolor ni por el miedo—, afirma que la muerte, aunque parezca el peor de los males, en realidad no significa nada. El filósofo hedonista deja una fórmula tan sencilla como profunda: “La muerte no es nada para nosotros, porque cuando nosotros existimos, la muerte no está presente; y cuando la muerte está presente, nosotros ya no existimos.”[2]
Pero no solo los filósofos griegos reflexionaron sobre la muerte. Pablo de Tarso también le hizo frente, aunque desde una perspectiva radicalmente distinta: la fe en Cristo. Afirma: “Porque para mí, el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.” (Filipenses 1:21). Para Pablo, morir no es simplemente dejar de existir, sino entrar en plena comunión con Cristo. Deja en claro, entonces, que a la muerte no se le huye, sino que se la abraza como parte del destino redimido del creyente. Por eso, Pablo habla de la muerte como ganancia: ya no se trata de perder la vida, sino de consumarla.
EL “MIENTRAS TANTO” PARA VIVIR EN CRISTO
Tanto Epicuro como Pablo nos invitan a no temerle a la muerte: uno desde la razón, el otro desde la esperanza. Dos caminos distintos que se cruzan en una misma pregunta: ¿qué hacemos mientras tanto? Tal vez la respuesta sea simple: vivir. Gozar, reír, llorar, crear, perder y amar.
Sin embargo, para Pablo, ese vivir solo cobra sentido en Cristo. La cuestión está en comprender qué significa realmente vivir en Él. Algunos sectores religiosos han reducido esta idea a una existencia “santa” y sin “pecado”, entendida como rechazo de la vida y huida del mundo. Empero, el verdadero vivir en Cristo no consiste ni en negar la vida ni en huir de ella; pues “santo no es el que vive en otro mundo, sino el que vive de otra manera”.[3]
SANTOS Y PECADORES
Paradójicamente, “vivir de otra manera” se sustenta en una realidad profundamente humana, expresada por Martín Lutero al hablar del ser humano: simul iustus et peccator[4], “simultáneamente justo y pecador”.
Es precisamente en ese danzón entre nuestra imperfección y nuestra vocación de santidad donde somos redimidos; no en el más allá, sino en el más acá, para vivir una transformación constante, aquí y ahora. Quizá reconciliarnos, pues, con esta dualidad —fuertes y frágiles, virtuosos y carentes— enriquezca nuestra comprensión de lo que significa vivir en Cristo.
EL PRINCIPIO DE UNA PROMESA
Concluimos entonces que, así como saberse ignorante es el comienzo de la sabiduría, también saberse finito es el principio de una gran promesa: la de la vida. Del mismo modo, reconocerse pecador es el principio de la santidad, y saberse humano, el de la divinidad. Sí, para morir vale la pena vivir. Y si es en Cristo, que no sea desde la culpa ni desde el miedo, sino desde la gracia,con toda esperanza de que Cristo llama a pecadores y no a santos (Lucas 5:32).
RECORDAR LO OLVIDADO
Si el Día de Muertos es poner el recuerdo sobre el olvido[5] , también es nuestra oportunidad para traer a la memoria lo que se ha olvidado: que tanto quienes se han ido como quienes aún estamos aquí somos santos y pecadores. Ambas dimensiones son parte de una misma realidad humana, que se vuelve más humana no en la medida en que pecamos, sino en la medida en que nos santificamos[6]; desde ahí nos renovamos, transformamos y realizamos.
Quién lo hubiera pensado: ¡empezamos hablando de la muerte y terminamos hablando de la vida!
[1] Lease, Apocalipsis 14:13, Hebreos 12:1).
[2] Epicuro, Carta a Meneceo
[3] Martin Gelabert Ballester, https://www.mercaba.org/FICHAS/GRACIA/631-5-1.htm
[4] Martín Lutero, Comentarios a la Epístola a los Gálatas (Wittenberg, 1535).
[5] https://www.gob.mx/inafed/articulos/dia-de-muertos-tradicion-mexicana-que-trasciende-en-el-tiempo
[6] Martin Gelabert Ballester, https://www.mercaba.org/FICHAS/GRACIA/631-5-1.htm
Mi nombre es Efraín Belmontes, y soy de la frontera, Cd. Juárez Chih., México. Soy egresado de Garrett Evangelical-Theological Seminary con un MDiv. (Maestría en Divinidades). Actualmente, junto mi familia dirigimos el ministerio, Estandarte en el que trabajamos con niños, adolescentes y jóvenes. A la mano emprendemos junto a amigos una Comunidad de Fe, Dar.

