Paul Tillich y la pregunta por el “fin de la historia”. Parte V

 In Liberación e Historia

Introducción

Al final del primer apartado de la “quinta parte” en la Teología Sistemática, Tillich discute los problemas en torno a la interpretación de la historia cara a la pregunta por su sentido, es decir: la intersección entre teleología y escatología (pp. 420-434), y su evaluación es que «Toda leyenda, toda crónica, toda información de acontecimientos pasados, toda obra histórica científica, contiene historia interpretada».[1] Y, desde luego, esto es ya hermenéutica, pero no es sencillamente eso, sino que es filosofía hermenéutica. No obstante, Tillich no tiene un lugar específico para desarrollar una epistemología de la historia, sino que lo hace a lo largo de toda la quinta parte, intercalándose con una pertinente crítica hacia problemas cruciales del mundo moderno, y, además, denunciando ideologías políticas y religiosas peligrosas. En este artículo formulamos un problema específico y presentamos una respuesta a manera de tesis.

I En la escatología no hay theos sin logos, ni logos sin theos

La epistemología de la historia en la cual Tillich fundamenta su desarrollo escatológico tiene una dimensión omnienglobante, nombre que designa la pretensión de totalidad:

«Incluye la selección de hechos de acuerdo con el criterio de importancia, la valoración de las dependencias causales, la imagen de las estructuras personales y comunitarias, una teoría de la motivación en los individuos, grupos y masas, una filosofía social y política, y subyacente a todo esto, se admita o no, una comprensión del significado de la historia en unión con el significado de la existencia en general. Una tal comprensión influye, consciente o inconscientemente, sobre todos los otros niveles de interpretación y, a la inversa, depende de un conocimiento de los procesos históricos, tanto especifica como universalmente. Todo el que se ocupe de la historia a cualquier nivel tiene que constatar la mutua dependencia del conocimiento histórico a todos sus niveles y de la interpretación de la historia».[2]

El talante intelectual de Tillich va en línea con su pretensión de totalidad, algo muy común entre teólogos y filósofos de la época. Las visiones de conjunto que privilegiaban el todo, el análisis de totalidades, estaban precedidas por los rigurosos sistemas de Herder, Kant, Hegel, Schiller y Schelling; pero también por historiadores de rigor científico, como Ranke, Droysen, Guizot, Migne y Harnack. Al ubicar Tillich la escatología en su marco histórico epistemológico está privilegiando el debate en torno a las visiones de conjunto. Parece ser, que después de la consolidación científica de la teología, ya no hay otra forma de proceder más que la de una escatología de conjuntos, es decir, una que capta o aprehende el «logos del theos».[3] Nunca el theos vaciado de su logos, y ni éste sin más en abstracción de lo real, tal como el gnosticismo hace y, justamente, tal como la escatología ficcional lo pretende descaradamente hoy día. Tillich lo dejaba claro desde el primer volumen de la Sistemática:

«La teología cristiana ha recibido algo que es absolutamente concreto y, al mismo tiempo, absolutamente universal. Ningún mito, ninguna visión mística, ningún principio metafísico, ninguna ley sagrada, tiene la concreción de una vida personal. En comparación con una vida personal, todo lo demás es relativamente abstracto. Y ninguno de estos fundamentos relativamente abstractos de la teología posee la universalidad del Logos, porque el Logos es el principio de la universalidad. En comparación con el Logos, todo lo demás es relativamente particular. La teología cristiana es la teología en cuanto se alza sobre la tensión que existe entre lo absolutamente concreto y lo absolutamente universal. Las teologías sacerdotales y proféticas pueden ser muy concretas, pero carecen de universalidad. Las teologías místicas y metafísicas pueden ser muy universales, pero carecen de concreción».[4]

II. La escatología de los “escatologos” es gnosticismo disfrazado…

La escatología de los autoproclamados “escatologos” se caracteriza por la rotunda negación del «logos del theos». No se pretende ninguna visión de conjuntos, no apela a ninguna totalidad, no hay nada de racionalidad teológica; solamente puro reduccionismo infértil, carente de contenido y significación: la forma menos el contenido. De ahí que recurrir a Tillich como agudo crítico de reduccionismos en boga, es un ejercicio necesario. La función crítica de la teología siempre habilitará el discernimiento (διάκρισιν/αἰσθητήριον) que, de entrada, implica el posicionamiento ético, pues el teólogo no ejerce su función pedagógica y científica, ni siquiera su misión y vocación eclesiástica como persona de fe, al margen del más amplio plexo social y comunitario. Y aquí Tillich dirá que «En toda teología que pretenda ser científica hay un punto en que la experiencia individual, la valoración tradicional y el compromiso personal juegan un papel decisivo».[5] Negar el «logos del theos»: la racionalidad teológica y teologal, es ya un extravío, pérdida de horizontes, entrega al nihilismo donde acecha la especulación gnóstica.

Sin embargo, es común encontrar en la escatología popular largas disertaciones sobre el fin del mundo carentes de una honda reflexión en torno a la historia. De hecho, puede observarse la atrevida hipótesis de que la escatología no es otra cosa más que el fin de la historia. Tal reduccionismo aparece siempre en su forma fatalista y catastrófica, pues la historia no avanza hacia nada que no sea su destrucción definitiva. Los escatologistas, por llamar de alguna manera a quienes neciamente reclaman ser “escatologos” —pues nada los acredita como tales— contribuyen con mucho a la propagación de dichos mitos. Por cierto, mitos en los cuales es difícil ver a Jesucristo como el Señor de la historia.

Las formas ahistóricas de pensar tienen un profundo arraigo en la tradición cristiana, aunque el cristianismo es profundamente histórico y la fe es siempre fe histórica —pues Dios se ha revelado en la historia. La exclamación de Juan el Bautista apunta incontrovertiblemente tal hecho concreto y en absoluto trascendental: «¡Aquí tienen al Cordero de Dios!» (Jn 1:29b NVI)— aun así, la naturaleza constitutivamente histórica de la fe ha estado en continua negación. Cuando Tillich comenta la afirmación de San Juan 1:14, el “Logos que se hizo carne” refiere que: «La doctrina del Logos como doctrina de la identidad de lo absolutamente concreto y de lo absolutamente universal no es una doctrina teológica más, sino el único fundamento posible de una teología cristiana que pretende ser la teología».[6] El mismo Nuevo Testamento luchaba ya en el siglo primero contra semejante deformación ahistórica de grupos negacionistas (los registros históricos del gnosticismo datan a partir del siglo II), la primera Epístola universal de Juan es contundente al enunciar el principio de que «todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios» (1 Jn 4:3a RV95). La confesión no implica únicamente el hecho concreto en la persona de Jesús como el Cristo, sino que trasciende en orden de la acción permanente, no interrumpida ni discontinua. Jesucristo no solamente vino y vendrá de nuevo, sino que continuamente está viniendo. Entonces, aquí nuestra tesis puede ser enunciada de la siguiente forma: La escatología de los “escatologos” es gnosticismo disfrazado de ortodoxia cristiana. Niega el carácter histórico de la fe al desarraigar las reflexiones sobre el fin de los tiempos de su más amplio marco histórico, con ello se deshistoriza el obrar de Dios en el aquí y ahora, entre lo cotidiano de nuestras vidas, pues la amplitud de la existencia en su totalidad: lo pasado, lo presente y lo futuro, le conciernen a la creación inacabada que Dios está continuamente realizando hasta llevarla a su consumación definitiva, donde Él será el todo en todos. De tal manera que la escatología es el principio, y no el final de la teología.

Nuestra tesis puede ser polémica por muchas razones, la intención es invitar al debate a quienes la consideren objetable, y también el interés es contrarrestar el desmedido enfoque reduccionista de quienes se autodenominan “escatologos”, pretensión muy en línea con la de los gnósticos de los primeros siglos del cristianismo, quienes reclamaban cierto tipo de conocimiento especializado, secreto y avanzado (προάγων) que no estaba a disposición de los demás creyentes. Es demasiado frecuente observar que quienes reclaman para sí el título de “escatologos” apelan a “revelaciones privadas” de parte de Dios. Obviamente, es también muy común notar que de forma vergonzosa nunca se cumplen, ni pueden constatarse en la realidad las revelaciones privadas concedidas a los presuntos escatologos, de ahí que nunca le atinan a la fecha exacta de la venida de Cristo.

III La escatología es reflexión intelectualmente honesta sobre la historia

La escatología no consiste en discursos disparatados, ocurrencias descabelladas e imaginación morbosa y sensacionalista, que finalmente llena los bolsillos de los “escatologos”. Consiste en la reflexión seria e intelectualmente honesta acerca de la acción de Dios en la historia: ¡Una teología de la historia! En el planteamiento de Tillich, la escatología trata de responder a las preguntas: «¿cuál es el significado de la historia para el sentido de la existencia en general? ¿De qué manera la historia ejerce su influencia sobre nuestra preocupación última?» y «¿Cómo es posible una respuesta al significado de la historia?».[7]

En una primera instancia, la respuesta viene de la «conciencia vocacional»: «Es la conciencia vocacional… la que decide la clave y la que nos da acceso a la comprensión de la historia».[8] Para Tillich, dicha «conciencia vocacional» es también conciencia escatológica, pues se sabe a sí misma inscrita en la inmediación del actuar de Dios entre la condición humana de desesperanza: “En la conciencia vocacional cristiana, se afirma la historia de una manera tal que los problemas implicados en las ambigüedades de la vida bajo la dimensión de la historia hallan una respuesta en el símbolo «reino de Dios»”.[9] ¿Y acaso el reino de Dios no es el triunfo definitivo de Cristo sobre los poderes cósmicos del mal; sobre la injusticia y sobre la falsa piedad que usurpa la gloria divina, hundiendo al hombre en la increencia acerca de la esperanza bienaventurada, donde el amor gobierna los corazones? Es, pues, en el pensamiento de Tillich la esperanza en el reino de Dios lo que se eleva como certeza de fe ante la plausibilidad de otras posibles respuestas.

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[1] Paul Tillich, Teología Sistemática III, Salamanca, Sígueme, 1984, p.420

[2] idem

[3] ___, Teología Sistemática I, Salamanca, Sígueme, 1982, p.31

[4] ibid., pp.31-32

[5] ibid., p.22

[6] ibid., p.32

[7] TS III., pp.420-421

[8] idem

[9] idem

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